CALEFÓN-ORÁCULO

Encontrarlos en la calle, mientras cantaban en una esquina, a ella verla en una foto y saberlo sin dudar. Hacerlos pelear y poder mirar a lo oscuro de sus ojos. Llorar en una fabrica al acordarse del peso de mis manos apretando su pecho al centro de la tierra, esa tierra manchada con la sangre de los genocidios de frontera.

El puñal clavado, el río, el río, mío, mío. Acostarse entre arañas, los llantos de la selva. Pasos, silbidos y carcajadas, que del interior de una gruta mojan la yerba canchada. El agua fría que tensa los hombros y los hombres que la cuidaban.

Los ojos sabios de María, el nudo callado en la garganta, las tetas de una perra, una chata chivada. Manos de camionero trasformadas en un mito. Teñidas de rojo como las de un asesino que mata todo lo que dice: “yo soy la realidad”.

Toda realidad puede ser transformada cuando se escucha lo profundo de un diario en llamas, adentro de un calefón-oráculo.